Solución de migración en Centroamérica pasa por el final del ‘silencio’ de sus gobiernos

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Desde la escalera de su iglesia en Tecún Umán, una ciudad fronteriza en Guatemala, el sacerdote Fernando Cuevas ha visto como el flujo migratorio evolucionó desde multitudinarias caravanas que llenaban la plaza cercana a pequeños grupos de familias que llegan en camiones para subir a balsas que esperan para llevarlos a México.

Lo que no ha cambiado es la actitud del Gobierno guatemalteco hacia los migrantes. Recientemente, en la ciudad no había indicios de que las autoridades dieran siquiera la apariencia de tratar de disuadir a la gente de cruzar al país vecino de forma ilegal en las balsas.

“El no tener política migratoria es también una política”, afirmó Cuevas. “Hay demasiados conflictos de interés para detener la migración”.

Los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador guardaron un notable silencio el mes pasado mientras México confrontó en solitario la amenaza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de imponerle aranceles asfixiantes a las mercancías mexicanas.

Fueron sus ciudadanos, no los mexicanos, quienes provocaron la ira del mandatario al llegar en masa a la frontera sur de EU, aunque México enfrentaba la peor parte de las consecuencias posibles.

Uno de los principales motivos de su silencio es que las naciones del llamado Triángulo Norte dependen mucho del dinero que envían a casa sus ciudadanos emigrados. En Honduras, las remesas supusieron más de 4 mil 800 millones de dólares el año pasado, más del 20 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB), según su Banco Central. En Guatemala superaron los 9 mil millones de dólares y en El Salvador, los 5 mil 500 millones de dólares.

Tras una serie de negociaciones, México consiguió esquivar de momento la amenaza de los aranceles estadounidenses, pero en septiembre tiene una nueva fecha límite para controlar el flujo migratorio y está tratando de lograr la cooperación de sus vecinos centroamericanos.

El presidente Andrés Manuel López Obrador apuesta por un plan de desarrollo respaldado por Naciones Unidas para la región y el sur de México y afirma contar con el compromiso de Washington para garantizar las inversiones.

El mes pasado, le ofreció al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, una inversión de 30 millones de dólares para ‘Sembrando Vida’, un programa de reforestación y empleo. López Obrador está ampliando su propia versión de ese programa con la intención de evitar que los mexicanos que viven en zonas rurales opten por cruzar la frontera norte, pero el país también desplegó miles de efectivos de la Guardia Nacional en todo su territorio para ayudar a frenar la inmigración.

Queda por verse si los gobiernos de Triángulo Norte tienen la voluntad política o los recursos para atajar la enquistada pobreza, la delincuencia y la violencia, que son los principales motivos que llevar a la gente a emigrar.

Mientras tanto, las acusaciones entre los países no paran.

El mes pasado, la secretaria mexicana de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, dijo donde creía que debía recaer la culpa.

“Los estadounidenses creen que realmente nosotros no estamos haciendo nuestro trabajo. Sí lo estamos haciendo. Lo cierto es que el tema no es que nosotros no hagamos el trabajo. El tema es la crisis humanitaria que hay en Honduras” y en el resto de Centroamérica, apuntó.

Según Sánchez Cordero, las autoridades hondureñas dijeron a las mexicanas que alrededor de 500 mil de sus ciudadanos salieron del país desde el pasado otoño.

Por otra parte, Guatemala ha hecho su propio intento de suavizar las tensiones con Washington.

A finales de mayo, coincidiendo con la visita a la región del secretario interino de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kevin McAleenan, Guatemala anunció la desarticulación de una red de tráfico de personas que recaudó unos 10 millones de dólares llevando a gente al país. Washington también envió agentes de inmigración para asesorar a sus homólogos guatemaltecos.

“La política o la actitud de los gobiernos centroamericanos hacia el tema migratorio ha sido de un total desinterés en lo que viene siendo prácticamente las dos últimas décadas”, explicó Fernando Neira Orjuela, del Centro de Investigación sobre América Latina y el Caribe de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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